Y yo sola con mis voces, y tú tanto estás del otro lado que te confundo conmigo.
-A. Pizarnik
Es martes, 27 de marzo, y todo se acabó ¿Ahora de qué sirven las oraciones? ¿Quién apagará todas las velas prendidas? Daniel Zamudio murió y yo ya no puedo más. Él se fue pero yo todavía tengo que vivir rodeada del odio que terminó por matarlo. Quise decirle: "Tengo miedo, Daniel". Porque no fueron cuatro los asesinos, fueron todos los que niegan, ignoran, marginan y callan siempre. Por eso, yo también podría encontrar a mis cuatro asesinos mañana o pasado u hoy. Y es que los dos amamos, fuera de lo permitido. Aunque Daniel amaba a un hombre y era feliz; y yo a una mujer y no sé. Por nuestros goces clandestinos somos odiados. Nos amenazan de muerte por mezclar el amor, el sexo y el pecado. Y yo sola con mis voces, y tú tanto estás del otro lado que te confundo conmigo.
-A. Pizarnik
Hace 25 días no lo conocía. Nuestros pasos jamás se cruzarían. En los momentos que yo caminaba entre amigos y cigarros por Lima, él hacia lo mismo pero en Santigo. Fue cuando llego esa maldita noche, el 3 de marzo, cuando Daniel se volvió mi héroe sin pedirlo, creo que sin quererlo. Desde ese día trato de entender que pasó entretanto las flores fúnebres ya han terminado de secarse ¿Por qué ese día si los dos terminamos borrachos, él tirado en el Parque San Borja en Chile y yo por aquí en el centro de Lima, a él le toco sufrir y a mí seguir viviendo? Me preguntó muchas veces si habrá disfrutado del cielo de esa noche, recostado en la banca aún con la cabeza destilando de licor antes que Raul, Alejandro, Patricio y Fabian le quitaran más que el aire.
A las 9 de la noche escuche el primer grito lejano que me despertó ¿Era Daniel? Quizá lo soñé pero no olvido el escalofrío que me recorrió de la piel a la carne, de la carne a lo huesos. Por más distante que estuvieran nuestros cuerpos cada golpe ¡ay, vida mía, como los sentí! Sentí la furia bestial con la que le golpeaban una y otra vez. Sentí sus intestinos explotando, su rostro latiendo, sus huesos rompiéndose. Lo sentí todo y lloré, hacia frío y sabia que alguien moría. Podía sentir el calor de su sangre entre mi manos como si hubiera tocado su cuerpo, su abdomen marcado con una esvástica a fuerza de una botella rota de pisco contra su piel. Quería abrazarlo, jamás soltarlo.
Me pare de la cama a correr, o volar si fuera posible hasta él. Pero caí al suelo con las piernas partidas en la mitad. A Daniel le habían lanzado sin piedad una roca tantas veces hasta que sus huesos se destrozaron. Luego no sonó más. Yo estaba en Lima y kilómetros allá en el sur Daniel estaba solo en el parque, los cuatro se fueron. Pero también se fue quien él era. Daniel era tan bello. Daniel era vida, era amor. Todo lo que era él estuvo unos días en coma. Quise alcanzarlo, llevármelo muy lejos donde pudieramos respirar fuera del asco de estos recuerdos. Sin embargo, es martes. Daniel Zamudio murió.
La verdad es que quiero despedirme porque aún cargo encima su historia. No le levantaré un altar porque Daniel significó más. Y no pienso dejar que gente carroñera venga a ahogar de flores a este cadáver tan maltratado, héroe a golpes que se desliza abajo el suelo para terminar sus días. Le grito: ¡Ya me harte de tener miedo! Gracias y perdón, Daniel, lo único que te puedo prometer es amar y dejar el miedo atrás.
A las 9 de la noche escuche el primer grito lejano que me despertó ¿Era Daniel? Quizá lo soñé pero no olvido el escalofrío que me recorrió de la piel a la carne, de la carne a lo huesos. Por más distante que estuvieran nuestros cuerpos cada golpe ¡ay, vida mía, como los sentí! Sentí la furia bestial con la que le golpeaban una y otra vez. Sentí sus intestinos explotando, su rostro latiendo, sus huesos rompiéndose. Lo sentí todo y lloré, hacia frío y sabia que alguien moría. Podía sentir el calor de su sangre entre mi manos como si hubiera tocado su cuerpo, su abdomen marcado con una esvástica a fuerza de una botella rota de pisco contra su piel. Quería abrazarlo, jamás soltarlo.
Me pare de la cama a correr, o volar si fuera posible hasta él. Pero caí al suelo con las piernas partidas en la mitad. A Daniel le habían lanzado sin piedad una roca tantas veces hasta que sus huesos se destrozaron. Luego no sonó más. Yo estaba en Lima y kilómetros allá en el sur Daniel estaba solo en el parque, los cuatro se fueron. Pero también se fue quien él era. Daniel era tan bello. Daniel era vida, era amor. Todo lo que era él estuvo unos días en coma. Quise alcanzarlo, llevármelo muy lejos donde pudieramos respirar fuera del asco de estos recuerdos. Sin embargo, es martes. Daniel Zamudio murió.
La verdad es que quiero despedirme porque aún cargo encima su historia. No le levantaré un altar porque Daniel significó más. Y no pienso dejar que gente carroñera venga a ahogar de flores a este cadáver tan maltratado, héroe a golpes que se desliza abajo el suelo para terminar sus días. Le grito: ¡Ya me harte de tener miedo! Gracias y perdón, Daniel, lo único que te puedo prometer es amar y dejar el miedo atrás.
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