lunes, 10 de septiembre de 2012

Caminata sin apuro


 Eran las 5:30 de un martes cualquiera cuando Emilio caminaba por la Avenida Salaverry.

Por más que lo pensaba y analizaba, llegaba a la conclusión de que, efectivamente, nada importante había ocurrido en ese martes. “Sólo uno más” dijo él.
Como los otros días de la semana se dirigía hacia la Av. 28 de Julio, de regreso a casa, luego de una jornada laboral en el colegio donde dictaba clase como profesor de historia.
Caminaba tranquilo y sin apuros por el parque Los Próceres. Ya que el trayecto hacia su casa le tomaba unos 15 minutos procuraba no subir a los buses o combis, y de paso, hacía algo de “actividad física”. Además creía haber escuchado que por esos días había paro de transportistas.

Quería distraerse con los árboles, con la gente, con los autos alrededor, pero no podía. La sensación que por esos días le había estado persiguiendo llegó a tal punto que pensó que todas sus sospechas eran ciertas. Pero estas suposiciones no le gustaban para nada. Hace pocos días lo había notado por primera vez. Estaba en una clase leyendo acerca de la Revolución Francesa cuando uno de los alumnos, concientemente a propósito, bostezó lo más fuerte posible en señal de rechazo a su lección. Apenas levantó la vista notó que esa muestra tácita de desdén se hacía visible en otros alumnos que dormían o se distraían de cualquier forma. Entonces les preguntó si preferían leer ellos mismos en sus casas y apenas si se percataron que él les había hecho una pregunta.
Este episodio se repitió en distintas ocasiones cuando también dictaba clases, cuando les hablaba a sus alumnos; cuando se suponía que se dirigía hacia ellos para educarlos, para decirles qué es lo que deben saber y qué deben escuchar de un maestro, de alguien que se interesa por ellos. Seguía el camino y pensaba en esto, en esa extraña sensación de no ser escuchado.
Pero lo más alarmante no quedó ahí, ya que le parecía que estas sospechas se repetían en otras personas. En quienes creía que eran sus amigos, tan confiado. De lo más habitual se acercaba a un colega o compañera de trabajo y conversaba de lo más normal. Sin embargo, a los pocos minutos notaba que él no era escuchado. Así advertía que su interlocutor desviaba la atención y no percibía todo el interés que él buscaba transmitir. Esta sensación la había percibido en varios “amigos” y el denominador común era el mismo: el sentir que su palabra no era recibida por ellos. No quería admitirlo, pero sí, cada vez más notaba que no era tomado en cuenta por ellos.
Cavilaba en todo esto cuando llegó al hospital Edgardo Rebagliati Martins. De pronto se sorprendió al ver que una cadena humana de hombres y mujeres rodeaba el contorno del hospital. Había unas cámaras de prensa y reporteros que entrevistaban a un doctor y registraban los estentóreos pedidos de señoras y señores que, entrelazados codo a codo, formaban un cordón humano de médicos, enfermeras, pacientes; ciudadanos que expresaban un mismo reclamo en pos de la huelga de médicos, un paro laboral más.

Emilio pasó cerca de este doctor y pudo escuchar lo mismo que otros curiosos ya sabían.

Tras esto siguió las 2 cuadras de largo que ocupa el sanatorio de Essalud. Cruzó la calle Javier Mariátegui y tras otras 2 cuadras llegó a la Av. Cuba. No podía evitar la reflexión, lo que sabía lo que el puesto de periódicos de la Av. 6 de Agosto le confirmó: un paro nacional más.

Un paro laboral de médicos de Essalud que ya llevaba 26 días para el martes 3 de setiembre. Todo el cuerpo médico de ese hospital unido para buscar, mediante la suspensión de sus labores, un aumento salarial y mejores condiciones de trabajo por parte del gobierno. Estas eran las 2 principales razones que resumían todo el pliego de pedidos para la administración del gobierno; el cual, a pesar de los días y los pacientes desplazados, se negaba a escuchar.

Emilio cruzó la Av. 6 de Agosto y vio el Ministerio de Salud a su derecha. Aún tenía en la mente la imagen de una señora que a viva voz reclamaba más de un pedido para los galenos del hospital Rebagliati. Tenía la imagen y la palabra “escuchar”. Otra vez recordó la gran dimensión de esta palabra y comprendió la situación en que se encontraban. Eran ellos, doctores y pacientes, expresándose, haciendo un pedido. Emilio los comprendió, comprendió el simple hecho de acercarte a alguien, dirigirte a alguien y tener la sensación de no ser escuchado. Ellos tenían algo que decir, querían expresarse, se manifestaban para dirigirse a un alguien; tal como lo hacía Emilio, pero esa otra parte, ese alguien, no los escuchaba.

Emilio leyó en la fachada del Ministerio de Salud: “Personas que atendemos personas” y siguió de largo hacia su destino mientras veía que el crepúsculo invadía todo lo extenso.

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