Eran
los frescos últimos
días de
agosto. La selva empezaba a mostrar su máxima expresión de la primavera. Manu se encontraba arreglando su
casa cuando recibe una llamada, era un joven apuesto de dieciocho años, Kyle Nolan, estudiante
francés,
quien había reservado
una cita para el ritual. Manu era especialista en preparar brebajes alucinógenos, sobre todo experto en
la preparación del
Ayahuasca. Era sábado,
Kyle había entrado
a la espesura de la selva, y con mapa en la mano pudo hallar la misteriosa y
pequeña casa
de Manu (el chamán).
Mientras
caía la
tarde, Kyle fue entrando en confianza con Manu, ambos tenían muchas preguntas que
hacerse. Al siguiente día, Kyle
amaneció con la
idea de querer empezar lo más rápido posible la ceremonia. Se
sentía emocionado
porque era la primera vez que probaría el Ayahuasca.
Según la conversación que mantuvieron el día anterior, Kyle le confesó a Manu que quería liberarse de su adicción a las drogas, que estaba
harto de no poder lidiar con su vida y que esto era a lo último a que recurría.
- Tengo una pena acompañada del silencio que solo la droga me hace olvidar y a veces tengo miedo salir de mi habitación porque no sé qué sucedería si este silencio me hiciera falta, dijo Kyle a Manu.
- Tengo una pena acompañada del silencio que solo la droga me hace olvidar y a veces tengo miedo salir de mi habitación porque no sé qué sucedería si este silencio me hiciera falta, dijo Kyle a Manu.
Marcaron
las tres de la tarde, el ambiente no era el adecuado, era un raro día, las nubes grises tapaban
los rayos del sol, y el cielo se tornaba oscuro. Manu echaba a una gigante olla
hojas muy verdes del que se desprendían olores agradables y frescos. De a poco lo
mezclaba con gotas de diferentes colores que tenían una textura de jarabe.
Kyle
estaba en ayunas y todo iba a su favor, menos el día, que emitía una sensación de angustia. Manu vertió el brebaje a una vasija
gastada y se le colocó en
las manos del muchacho. Nolan se arrodilló mientras el chamán soplaba humo de tabaco sobre su cabeza, manos y
pies.
- Shiiiuuu, fiiiuu, se escuchaba.
Esto
iba acompañado de
un canto telúrico
que perpetuaban en los oídos de
Kyle. Luego, sube despacio las manos hacia su boca para tomar la sagrada
Ayahuasca. Al beber, siente el olor fermentado de las hierbas. Una fusión de los perfumes misteriosos
del bosque. Lo bebe rápido y
de inmediato siente una descarga eléctrica que le sacude el cuerpo.
- ¿No
te arrepientes?, preguntó el
chamán.
- No, no me arrepiento. Me siento mareado. Ya no hables. ¡Cállate! No lo soporto. Quiero vomitar. ¿Y si me muero? Me voy a morir…esto iba acompañado de gemidos.
- No, no me arrepiento. Me siento mareado. Ya no hables. ¡Cállate! No lo soporto. Quiero vomitar. ¿Y si me muero? Me voy a morir…esto iba acompañado de gemidos.
Las
palabras de Kyle alarmaban cada vez a Manu, quien parecía tener el control de la
situación, sin
embargo se percató que
ya no escuchaba más
gemidos, y dejó de
cantar. Se asomó donde
Kyle, este expulsaba líquidos
de colores de la boca y de pronto su cuerpo dejó de temblar.
El chaman
abrió sus
grandes ojos y contemplo lo que había ocurrido. Le sacudió incansablemente varias veces. Siguió con el ritual pensando que en
cualquier momento se levantaría el
muchacho. Pero no fue así.
- Está muerto. ¿Ahora
qué hago?
No sé que
hacer.
Era de noche y el viento soplaba fuertemente contra las hojas de los árboles. Empezó a cavar un hueco, las gotas de sudor caían sobre la tierra virgen. Arrastró a Kyle hasta el hueco y tras varias pateadas se aseguró de que no estaba vivo. Ese día después de intensos meses de sol, empezó a llover. Para persuadir el bulto que se había creado por la fuerza de la tierra aplastada, le colocó hojas secas y mucha paja.
No
fueron las mezclas de pastillas con ansiolíticos ni un exceso de droga. Solo fue un alma débil y deprimente que buscaba
liberarse de este mundo que le ofusca y magullaba con frecuencia su juventud.
Kyle
esta una mejor vida o tal vez no; Manu, condenado a pagar los pecados del otro.
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