martes, 25 de septiembre de 2012

El TRINO DEL DIABLO

Giuseppe no podía evitar escuchar la melodía que viajaba junto al viento, Pirán, la ciudad donde nació, le parecía muy hermosa, en pleno siglo XVIII brillaba de entre todos los lugares más rebuscados de Europa junto a París, Londres, entre otros, al menos él estaba completamente seguro de ello, sus ambientes, sus habitantes, era en ese lugar y esa época en la que vivía. Él estaba destinado a seguir una carrera eclesiástica, pero había dejado los hábitos por amar a una joven de modesta condición, decisión que sin duda alguna causó la furia de su familia y la del cardenal Cornaro de Padua.

Estaba seguro de que debía ocultarse por lo que se refugió en el monasterio de Asis, por desgracia la mujer que había decidido hacer su esposa era la favorita del cardenal. Los días pasaban lentos y monótonos, la vida no estaba tan llena de dicha como al principio parecía estar, siempre es así, siempre que se ama a la mujer incorrecta pero incorrecta por la sociedad, incorrecta por las normas que tú familia puede darte o simplemente incorrecta por qué no te corresponde, por amor siempre se sufre.

- Una noche, en 1713, soñé que había hecho un pacto con el diablo y estaba a mis órdenes. Todo me salía maravillosamente bien; todos mis deseos eran anticipados y satisfechos con creces por mi nuevo sirviente. Ocurrió que, en un momento dado, le di mi violín y lo desafié a que tocara para mi alguna pieza romántica. Mi asombro fue enorme cuando lo escuché tocar, con gran bravura e inteligencia, una melodía tan singular y romántica como nunca antes había oído. Tal fue mi maravilla, éxtasis y deleite que quedé pasmado y una violenta emoción me despertó. Inmediatamente tomé mi violín deseando recordar al menos una parte de lo que recién había escuchado, pero fue en vano. La melodía que compuse entonces es, por lejos, la mejor que jamás he escrito y aún la llamo "El trino del Diablo", pero resultó tan inferior a lo que había oído en el sueño que me hubiera gustado romper mi violín en pedazos y abandonar la música para siempre... -

Escribió en su diario con la finalidad de jamás olvidar dicha experiencia, el mismo diablo se había manifestado a él, pero en realidad no había necesidad alguna de escribir aquello, era seguro que no olvidaría aquella melodía que jamás logró reproducir, sin embargo, en sus intentos escribió la obra mas bella que pudo crear, y fue escuchada y alagada como un poema que solo puede nacer en una noche de locura, en una noche de pasión y emociones, era tan hermosa, cuando Giuseppe la tocaba empezaba suave como si susurrara, como si pudiese ser confundida con el mismo viento para separarse completamente de su calma y estallar en sonidos capaces de llenar la mente de la persona mas cuerda con las mas extravagantes alucinaciones.

Murió sin poder reproducir nunca la melodía original, la que el diablo tocaba, Tartini, era así como se apellidaba, se fue a tocar su trino, nadie sabe si a Dios o al diablo, un 26 de febrero de 1770 cuando tenía 77 años, víctima de la gangrena desapareció de entre los vivos, desapareció como el sonido suave y chillón de un violín cuyas cuerdas están a punto de quebrarse, y la gente habló y lo volvió una leyenda, y la gente aun habla, claro solo los capaces de recordar quien fue Giuseppe Tartini o la melodía del Trino del Diablo.


















domingo, 23 de septiembre de 2012

Crimen imperfecto



Entra enmarrocado, un tipo con la cabeza cubierta por su capucha ploma. He visto entrar por esa puerta a casi 100 vistiendo grilletes similares y eso que solo llevo dos meses en esta comisaria. Me levanto raudo a empujar a los fotógrafos y periodistas que mas parecen zombis desesperados por morderle una nalga al supuesto victimario. ¡Maldita sea la falta de valores de esos periodistas hambrientos!

Tenemos la noticia en una celda pero nadie sabe nada. Suenan celulares, hay murmullos por doquier, nadie me cuenta nada porque soy el nuevo, trato de unir ideas pero no quiero ser obvio. En media hora y sin salir de la comisaria me entero por la tele que se trata de un asesino, que no solo ha mandado a mejor vida a su pareja si no que además es gay, dos crímenes en esta ciudad, no se cual más grave. Cambio de canal y me doy cuenta que aparezco por dos segundos en el noticiero con mis brazos flacuchos, siempre quise salir en la tele pero no así pues. Necesito gel para el pelo un espejo más grande en mi escritorio ahora que se que la prensa meterá sus cámaras chismosas a este lugar donde vengo 5 días a la semana. A la mañana siguiente se murmuraba en la cafetería cuantos años le darían a Peter. Yo, el chico nuevo, escuchaba desde una mesa solitaria, odiando a todos. He leído la declaración del supuesto asesino, robando el tiempo que debía dedicarlo a ordenar los expedientes de otros sospechosos por eso me siento más informado que los demás policías gordos.

Peter esta aun en la carceleta, está en la de mujeres porque no han caído muchas malhechoras hoy. Lee unas revistas en solitario. Me acerco a su celda y miro de reojo una y otra vez, la próxima vez voy con el pretexto de darle el periódico del día, quiero conocer el perfil de este tipo para sentirme a salvo en un futuro y no es porque sea gay, sino que siento que debo hacer algo para dejar de ser el tipo nuevo, el inexperto, el tonto que solo ordena expedientes.

No tuve un bien inicio con el periódico pero el triple de jamón, huevo y palta me acerco más a Peter. Es un tipo tranquilo o de repente la situación lo ha convertido en esa persona, dice no haber cometido crimen más que buscar discreción a la muerte de su amado de 1.80. Por mas que intento no le creo nada a Peter, como puedes amar a alguien y cortarlo en pedazos para repartirlo por todos los distritos de Lima cual repartidor de pizzas.

Peter se refiere a una tercera persona, no dice nombres pero culpa a alguien. Me pide un cigarro para calmarse, me apena no poder dárselo, le prometo dárselos en la noche cuando no haya tanta gente, toca mi mano mientras seca sus lagrimas con la otra.

El último alma para Manu



Eran los frescos últimos días de agosto. La selva empezaba a mostrar su máxima expresión de la primavera. Manu se encontraba arreglando su casa cuando recibe una llamada, era un joven apuesto de dieciocho años, Kyle Nolan, estudiante francés, quien había reservado una cita para el ritual. Manu era especialista en preparar brebajes alucinógenos, sobre todo experto en la preparación del Ayahuasca. Era sábado, Kyle había entrado a la espesura de la selva, y con mapa en la mano pudo hallar la misteriosa y pequeña casa de Manu (el chamán).

Mientras caía la tarde, Kyle fue entrando en confianza con Manu, ambos tenían muchas preguntas que hacerse. Al siguiente día, Kyle amaneció con la idea de querer empezar lo más rápido posible la ceremonia. Se sentía emocionado porque era la primera  vez que probaría el Ayahuasca.  
Según la conversación que mantuvieron el día anterior, Kyle le confesó a Manu que quería liberarse de su adicción a las drogas, que estaba harto de no poder lidiar con su vida y que esto era a lo último a que recurría.

- Tengo una pena acompañada del silencio  que solo la droga me hace olvidar y a veces tengo miedo salir de mi habitación porque no sé qué sucedería si este silencio me hiciera falta, dijo Kyle a Manu.

Marcaron las tres de la tarde, el ambiente no era el adecuado, era un raro día, las nubes grises tapaban los rayos del sol, y el cielo se tornaba oscuro. Manu echaba a una gigante olla hojas muy verdes del que se desprendían olores agradables y frescos. De a poco lo mezclaba con gotas de diferentes colores que tenían una textura de jarabe.
Kyle estaba en ayunas y todo iba a su favor, menos el día, que emitía una sensación de angustia. Manu vertió el brebaje a una vasija gastada y se le colocó en las manos del muchacho. Nolan se arrodilló mientras el chamán soplaba humo de tabaco sobre su cabeza, manos y pies.

-  Shiiiuuu, fiiiuu, se escuchaba.

Esto iba acompañado de un canto telúrico que perpetuaban en los oídos de Kyle. Luego, sube despacio las manos hacia su boca para tomar la sagrada Ayahuasca. Al beber, siente el olor fermentado de las hierbas. Una fusión de los perfumes misteriosos del bosque. Lo bebe rápido y de inmediato siente una descarga eléctrica que le sacude el cuerpo.

- ¿No te arrepientes?, preguntó el chamán.

- No, no me arrepiento. Me siento mareado. Ya no hables. ¡Cállate! No lo soporto. Quiero vomitar. ¿Y si me muero? Me voy a morir…esto iba acompañado de gemidos.

Las palabras de Kyle alarmaban cada vez a Manu, quien parecía tener el control de la situación, sin embargo se percató que ya no escuchaba más gemidos, y dejó de cantar. Se asomó donde Kyle, este expulsaba líquidos de colores de la boca y de pronto su cuerpo dejó de temblar.
El chaman abrió sus grandes ojos y contemplo lo que había ocurrido. Le sacudió incansablemente varias veces. Siguió con el ritual pensando que en cualquier momento se levantaría el muchacho. Pero no fue así.

- Está muerto. ¿Ahora qué hago? No sé que hacer.

Era de noche y el viento soplaba fuertemente contra las hojas de los árboles. Empezó a cavar un hueco, las gotas de sudor caían sobre la tierra virgen. Arrastró a Kyle hasta el hueco y tras varias pateadas se aseguró de que no estaba vivo. Ese día después de intensos meses de sol, empezó a llover. Para persuadir el bulto que se había creado por la fuerza de la tierra aplastada, le colocó hojas secas y mucha paja.
No fueron las mezclas de pastillas con ansiolíticos ni un exceso de droga. Solo fue un alma débil y deprimente que buscaba liberarse de este mundo que le ofusca y magullaba con frecuencia su juventud.
Kyle esta una mejor vida o tal vez no; Manu, condenado a pagar los pecados del otro.



sábado, 22 de septiembre de 2012

Doce campanadas



Benito se escondió tras el rosal recién cortado evitando la mirada penetrante de Melón pues sabía reconocer su molestia en su cuerpo erizado como conocía las campanadas de la iglesia al mediodía.

No se iría a ningún lado , estaba solo pero decidido , no conocería cada rincón de ningún lugar como aquella vieja iglesia donde había pasado toda su vida.

Melón pensó que era un cobarde, que sus esfuerzos por convertirlo en su sucesor serian inútiles sin embargo lo consideraba el mas fiel de los mininos.

Su pelaje brillaba como una tarde verano, su cuerpo esbelto junto a su astucia lo habían convertido en el líder de los gatos de los alrededores.

No había sido fácil ocupar aquel lugar y ganarse el respeto de todos pero lo hizo y se sentía muy orgulloso de ello, lo único que le faltaba era llevarse con el a su único amigo pero estaba convencido que fracasaría.

Melón salió de la iglesia presuroso, la hora de partir se acercaba. Reunió a todos los gatos del lugar y dio instrucciones para poder huir. Todos sabían que hacer, no podían fallar, al terminar el día se encontrarían en una vieja casa cerca del lugar.

Dos horas después llego un camión, bajaron de el cinco hombres con jaulas y collares para poder realizar la tarea encomendada, los gatos mas jóvenes lograron huir con éxito aunque temerosos pues Melón no iría con ellos y se sentían perdidos. Algunos de los gatos más viejos fueron capturados, Melón trato de ayudar al resto pero quedo atrapado entre los tallos del rosal.

Los ojos de Benito eran grandes, tan grandes como hermosos, disimulaban bien la ceguera que lo ataba a ese lugar, al oír los maullidos de Melón supo que era el y se deslizo por las rejas de la ventana , nadie conocía mejor ese lugar.

Melón estaba muy lastimado, trato de auxiliar a los demás gatos pero era inútil, lo que fue un espectáculo improvisado se convirtió en una caza salvaje .el plan había fracasado, el había fracasado.


Con dificultad lograron esconderse en una de las bancas de la iglesia, fueron lo únicos gatos que quedaron libres, herido pero libre -pensó melón- mientras oía las campanadas de la iglesia tocando las doce .








jueves, 20 de septiembre de 2012

Efímera


Era once de setiembre, mi vuelo hacia la zona del Vraem estaba por salir, abordé el avión algo emocionado pues esta era la primera vez que cubría una noticia fuera de Lima,  subí mis maletas con mucho cuidado, allí había una laptop, ropa para tres días y una canon de lente intercambiable la cual no era necesaria del todo pues viajaba con un camarógrafo que poseía el equipo necesario. Despegamos a las tres de la tarde y llegamos aproximadamente a las cuatro y media, nos hospedamos en un hotel, dejamos nuestras cosas y fuimos a la zona a buscar la  información por la que habíamos ido a dicho lugar, no fue fácil, los militares que rondaban la zona nos advirtieron de los peligroso que era estar en aquel lugar, pero debo admitir que en lugar de producirme algún tipo de miedo solo hacía que mi adrenalina aumentara, después de todo no es como si tuviera mucho miedo a la muerte, no la desafío pero mi vida no es la mejor de todas, es más, tal vez estaría recibiendo un gran favor del destino si alguna bala me diera, si el enemigo atacara y yo estuviera cerca, esta era una de las razones, el poco respeto por mi vida, por lo cual el medio en el que trabajaba decidía mandarme a este tipo de comisiones.

-Un trabajo más- Pensé aburrido para mis adentros, estaba cansado, las deudas de la casa daban saltos de un lado a otro aturdiendo todo lo que había en mi cabeza, que no era mucho tampoco, mis pensamientos iban y venían, una casa vacía, una novia que decidió dejarme, etc. pero bueno mi vida es una de esas donde no hay opciones, donde no se puede escoger.

¿La razón de porque estoy aquí? Pues el pasado viernes dos niños fueron rescatados de una zona dominada por terroristas, dicho suceso había conmocionado a toda la ciudad, no, a todo el país, todos cantaban victoria, dos vidas habían sido salvadas y había que alabar a los maravillosos hombres que lo hicieron posible, pero al ir indagando  mas conocí a Ambrosio Caso, un hombre no tan alto, delgado, con un dejo marcado, de rostro taciturno, una persona burlada, olvidada que acababa de perder a alguien, una nieta de ocho años de la que no se sabe cómo murió, si acaso fue un error del ejército peruano, si fueron balas de los terroristas, la vida de Zoraida fue tan efímera como su impacto en esta historia sangrienta, donde hay víctimas que se sienten solas, aisladas, abandonadas y no desde ahora, si no desde hace ya muchos años.

Ya no puedo quejarme de la misma forma en la que estaba acostumbrado, yo no deseo o mejor dicho no deseaba una vida que muchos otros de seguro no desperdiciarían, la historia de aquella niña logró conmoverme ¿Qué tan justa podría ser su muerte? El solo pensar todos los sueños que pudo tener, la vida que pudo imaginar y yo aquí reprochando y quejándome por la mía.  

jueves, 13 de septiembre de 2012

Perdón Daniel

Para el Final by Chinoy on Grooveshark


Y yo sola con mis voces, y tú tanto estás del otro lado que te confundo conmigo.
-A. Pizarnik

Es martes, 27 de marzo, y todo se acabó ¿Ahora de qué sirven las oraciones? ¿Quién apagará todas las velas prendidas? Daniel Zamudio murió y yo ya no puedo más. Él se fue pero yo todavía tengo que vivir rodeada del odio que terminó por matarlo. Quise decirle: "Tengo miedo, Daniel". Porque no fueron cuatro los asesinos, fueron todos los que niegan, ignoran, marginan y callan siempre. Por eso, yo también podría encontrar a mis cuatro asesinos mañana o pasado u hoy.  Y es que los dos amamos, fuera de lo permitido. Aunque Daniel amaba a un hombre y era feliz; y yo a una mujer y no sé. Por nuestros goces clandestinos somos odiados. Nos amenazan de muerte por mezclar el amor, el sexo y el pecado. 

Hace 25 días no lo conocía. Nuestros pasos jamás se cruzarían. En los momentos que yo caminaba entre amigos y cigarros por Lima, él hacia lo mismo pero en Santigo.  Fue cuando llego esa maldita noche, el 3 de marzo, cuando Daniel se volvió mi héroe sin pedirlo, creo que sin quererlo. Desde ese día trato de entender que pasó entretanto las flores fúnebres ya han terminado de secarse ¿Por qué ese día  si los dos terminamos borrachos, él tirado en el Parque San Borja en Chile  y yo por aquí en el centro de Lima, a él le toco sufrir y a mí seguir viviendo? Me preguntó muchas veces si habrá disfrutado del cielo de esa noche, recostado en la banca aún con la cabeza destilando de licor antes que Raul, Alejandro, Patricio y Fabian le quitaran más que el aire.

A las 9 de la noche escuche el primer grito lejano que me despertó ¿Era Daniel? Quizá lo soñé pero no olvido el escalofrío que me recorrió de la piel a la carne, de la carne a lo huesos. Por más distante que estuvieran nuestros cuerpos cada golpe ¡ay, vida mía, como los sentí! Sentí la furia bestial con la que le golpeaban una y otra vez. Sentí sus intestinos explotando, su rostro latiendo, sus huesos rompiéndose. Lo sentí todo y lloré, hacia frío y sabia que alguien moría. Podía sentir el calor de su sangre entre mi manos como si hubiera tocado su cuerpo, su abdomen marcado con una esvástica a fuerza de una botella rota de pisco contra su piel. Quería abrazarlo, jamás soltarlo.

Me pare de la cama a correr, o volar si fuera posible hasta él. Pero caí al suelo con las piernas partidas en la mitad. A Daniel le habían lanzado sin piedad una roca tantas veces hasta que sus huesos se destrozaron. Luego no sonó más. Yo estaba en Lima y kilómetros allá en el sur Daniel estaba solo en el parque, los cuatro se fueron. Pero también se fue quien él era. Daniel era tan bello. Daniel era vida, era amor. Todo lo que era él estuvo unos días en coma. Quise alcanzarlo, llevármelo muy lejos donde pudieramos respirar fuera del asco de estos recuerdos. Sin embargo, es martes. Daniel Zamudio murió.

La verdad es que quiero despedirme porque aún  cargo encima su historia.  No le levantaré un altar porque Daniel significó más. Y no pienso dejar que gente carroñera venga a ahogar de flores a este cadáver tan maltratado, héroe a golpes que se desliza abajo el suelo para terminar sus días. Le grito: ¡Ya me harte de tener miedo! Gracias y perdón, Daniel, lo único que te puedo prometer es amar y dejar el  miedo atrás. 




miércoles, 12 de septiembre de 2012

El día que dejé de estar aburrido.



Cargo con el peso de 12 almas, me deshice del cuerpo de cada una y no me arrepiento de aquello aunque estoy atrapado entre la cadena perpetua y la pena de muerte, no estoy loco, no soy un desquiciado, solo soy un hombre como cualquier otro,  soy un artista que solo usa lo que está a su alcance para crear esculturas y cuadros, solo quise que el mundo viera mi obra pero nadie lo entiende, no son capaces de percibir la belleza que yo percibo.

 Nueve minutos antes de llevar a cabo mi obra me puse en contacto con Lynne, pero no respondió,  no estaba para mí a pesar que lo prometió,  todos los psiquiatras mienten, solo quieren ganarse nuestra confianza y poco a poco dominar nuestra mente. Siempre me atrajo el pensamiento humano pese a eso decidí estudiar neurociencia en lugar de psicoanálisis o algo similar, aunque debo decir que no estoy alejado del todo a la interesante mente humana,  fascinantes criaturas que viven una vida vacía y sin sentido, asquerosas abominaciones de la naturaleza que llegan a ser sutilmente hermosas, pero no es que yo no me considere dentro del grupo de humanos, es así, por eso es que no tengo ningún remordimiento o algún miedo a mi posible futura muerte, no puedo arrepentirme, me divertí demasiado, ninguno de ustedes sabe lo placentero que puede resultar arrebatar una vida, yo sentí eso multiplicado por doce sin contar los heridos, por una fracción de tiempo tuve el poder en mis manos, el poder que esta prohíbo para un humano común, el poder de arrebatarle la vida, el hacer eso me hace superior  a cualquier otro ser y no es que se me ocurriera de un momento a otro, la verdad estoy muy aburrido desde que tengo memoria, solo no encontraba el momento adecuado, una premier ¿por qué no? Era obvio que estaría lleno de personas, lástima que no pude terminar con todos.

Ahora el futuro solo tiene dos caminos, es incierto y si me voy y si me quedo, ahora existo a un nivel superior, y estoy a lado de todos aquellos que serán recordados por actos terribles, soy James Holmes y te aseguro que ni tú ni el resto del mundo podrá olvidarme por un buen tiempo.
     

lunes, 10 de septiembre de 2012

Caminata sin apuro


 Eran las 5:30 de un martes cualquiera cuando Emilio caminaba por la Avenida Salaverry.

Por más que lo pensaba y analizaba, llegaba a la conclusión de que, efectivamente, nada importante había ocurrido en ese martes. “Sólo uno más” dijo él.
Como los otros días de la semana se dirigía hacia la Av. 28 de Julio, de regreso a casa, luego de una jornada laboral en el colegio donde dictaba clase como profesor de historia.
Caminaba tranquilo y sin apuros por el parque Los Próceres. Ya que el trayecto hacia su casa le tomaba unos 15 minutos procuraba no subir a los buses o combis, y de paso, hacía algo de “actividad física”. Además creía haber escuchado que por esos días había paro de transportistas.

Quería distraerse con los árboles, con la gente, con los autos alrededor, pero no podía. La sensación que por esos días le había estado persiguiendo llegó a tal punto que pensó que todas sus sospechas eran ciertas. Pero estas suposiciones no le gustaban para nada. Hace pocos días lo había notado por primera vez. Estaba en una clase leyendo acerca de la Revolución Francesa cuando uno de los alumnos, concientemente a propósito, bostezó lo más fuerte posible en señal de rechazo a su lección. Apenas levantó la vista notó que esa muestra tácita de desdén se hacía visible en otros alumnos que dormían o se distraían de cualquier forma. Entonces les preguntó si preferían leer ellos mismos en sus casas y apenas si se percataron que él les había hecho una pregunta.
Este episodio se repitió en distintas ocasiones cuando también dictaba clases, cuando les hablaba a sus alumnos; cuando se suponía que se dirigía hacia ellos para educarlos, para decirles qué es lo que deben saber y qué deben escuchar de un maestro, de alguien que se interesa por ellos. Seguía el camino y pensaba en esto, en esa extraña sensación de no ser escuchado.
Pero lo más alarmante no quedó ahí, ya que le parecía que estas sospechas se repetían en otras personas. En quienes creía que eran sus amigos, tan confiado. De lo más habitual se acercaba a un colega o compañera de trabajo y conversaba de lo más normal. Sin embargo, a los pocos minutos notaba que él no era escuchado. Así advertía que su interlocutor desviaba la atención y no percibía todo el interés que él buscaba transmitir. Esta sensación la había percibido en varios “amigos” y el denominador común era el mismo: el sentir que su palabra no era recibida por ellos. No quería admitirlo, pero sí, cada vez más notaba que no era tomado en cuenta por ellos.
Cavilaba en todo esto cuando llegó al hospital Edgardo Rebagliati Martins. De pronto se sorprendió al ver que una cadena humana de hombres y mujeres rodeaba el contorno del hospital. Había unas cámaras de prensa y reporteros que entrevistaban a un doctor y registraban los estentóreos pedidos de señoras y señores que, entrelazados codo a codo, formaban un cordón humano de médicos, enfermeras, pacientes; ciudadanos que expresaban un mismo reclamo en pos de la huelga de médicos, un paro laboral más.

Emilio pasó cerca de este doctor y pudo escuchar lo mismo que otros curiosos ya sabían.

Tras esto siguió las 2 cuadras de largo que ocupa el sanatorio de Essalud. Cruzó la calle Javier Mariátegui y tras otras 2 cuadras llegó a la Av. Cuba. No podía evitar la reflexión, lo que sabía lo que el puesto de periódicos de la Av. 6 de Agosto le confirmó: un paro nacional más.

Un paro laboral de médicos de Essalud que ya llevaba 26 días para el martes 3 de setiembre. Todo el cuerpo médico de ese hospital unido para buscar, mediante la suspensión de sus labores, un aumento salarial y mejores condiciones de trabajo por parte del gobierno. Estas eran las 2 principales razones que resumían todo el pliego de pedidos para la administración del gobierno; el cual, a pesar de los días y los pacientes desplazados, se negaba a escuchar.

Emilio cruzó la Av. 6 de Agosto y vio el Ministerio de Salud a su derecha. Aún tenía en la mente la imagen de una señora que a viva voz reclamaba más de un pedido para los galenos del hospital Rebagliati. Tenía la imagen y la palabra “escuchar”. Otra vez recordó la gran dimensión de esta palabra y comprendió la situación en que se encontraban. Eran ellos, doctores y pacientes, expresándose, haciendo un pedido. Emilio los comprendió, comprendió el simple hecho de acercarte a alguien, dirigirte a alguien y tener la sensación de no ser escuchado. Ellos tenían algo que decir, querían expresarse, se manifestaban para dirigirse a un alguien; tal como lo hacía Emilio, pero esa otra parte, ese alguien, no los escuchaba.

Emilio leyó en la fachada del Ministerio de Salud: “Personas que atendemos personas” y siguió de largo hacia su destino mientras veía que el crepúsculo invadía todo lo extenso.