Entre a la habitación que ya se había convertido en una expresión más de mí, la vi ahí sentada y triste. Mi hermana no tenía la apariencia vivaz de siempre. Me sorprendió, ella me odiaba y nunca se acercaba más que para levantar la voz y bajarme el autoestima. Debía de pasar algo. Apenas abrió la boca sabia que todo terminaría con alguien llorando. Inició con la confesión de un supuesto mal que la aquejaba y término admitiendo que ese mal estaba creciendo en su vientre y que ya tenía 2 meses. Me dijo, y supongo que fue porque no quería sentir culpa ella sola, que ya estaban por deshacerse de él. Y fue cuando todos los sentimientos me vinieron encima y solo pude pensar: eres una asesina. Demore más de cuatro horas presentado todas las posibilidades de felicidad, amor y alegría que ese ser traería. Termine por perder la batalla, ya todo estaba dicho.
Ya estábamos en Diciembre, cerca de una supuesta Noche Buena. Ella no pudo contra su creación que seguía creciendo ahora ya tendría 3 meses. Era tiempo de contarlo. Era tiempo de enfrentar la situación. Corrían las once de la noche y mi madre llegaba como siempre en un estado de cansancio fatal del trabajo que la había acogido por más de 10 años y parecía en su rostro que la había dañado por ya más de 50. Mi hermana le pidió hablar, en su cuarto de paredes tan rosadas como ella pensaba que sería su vida si nada de esto hubiera pasado. Noté que llovería y fui a recoger las últimas prendas del tendedero. Al regresar me encontré con la escena sacada de ficción, las dos mujeres llorando y gritando a puro pulmón. Solo se escuchaba maldiciones, insultos y el interminable llanto de ella.
La mujer que se había sacrificado toda su vida por su hija demoro más de dos meses en asimilarlo. Fueron largos meses de llanto, mea culpas y culpas ajenas. Por fin, después de otro mes, conocimos al que mi madre llamo desgarradamente “escoria”, el padre y a su familia. Era alto, grande y tenía la actitud de importarle poco o nada algún sentimiento aparte del suyo. Muchas mentiras se dieron en esa reunión, alagando a los jóvenes equivocados, y como adecuándose al momento, el llanto siempre estaba presente.
Ya nos encontrábamos en el quinto mes, cuando por fin las náuseas y la barriga la empezaron a delatar con el resto de la sociedad. Y todos parecieron pensar que podían dar opiniones, inclusive los que claramente les faltaba juicio crítico y un poco de comprensión. Por mi parte tuve que tragarme interminables enojos y quejas que acabaron por dejarme en la nada un año en el que tenía que serlo todo para mí. En el sexto y séptimo mes todo giraba en torno a ella. Éramos esclavos de sus caprichos, la mayoría infantiles. Tenía todo lo que quería y más, mucho más, demasiado.
El octavo mes pasó más rápido que los demás. Solo resalta el tradicional, en español, baño al bebe, que no fue más que una combinación extraña de generaciones muy diferentes, mucho alcohol, música y cigarros. Y claro, el último mes era la viva ejemplificación que mi hermana, aun habiendo leído mucho de maternidad, aun era muy joven para todo esto y no sabíamos si el dinero ni la voluntad nos alcanzaría para ayudarla.
Nació en Agosto, Valentina Bell y sus apellidos que no combinan. Yo deje todo por esta ahí, y por ver a esa criatura bella. Así hermosa la trajimos a la casa, con el mejor cuidado porque ya nos había robado el corazón pero igual como siempre saque la conclusión que la vida de mi familia se había jodido un poquito.
Diana Marcelo
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