
Desperté al lado izquierdo de la cama mucho antes de que sonara el despertador. Solo atiné en encender la radio y Charly García cantaba: Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad (...). Tras una batalla con la flojera logré salir de la cama y no despertar a mi acompañante. Me dirigí a la ducha, me sentía sucia no solo físicamente. Demoré más de una hora en la tina pensando, cantando, jugando y tomando conciencia de lo que había hecho.
En el silencio y aún oscuridad logré encontrar todo lo mío y lo guarde en mi bolso, pero mi dignidad ya había sido usada y rota. Escribí una pequeña nota que no decía más que una despedida incómoda y un: nos veremos. Tomé algo de agua, me peine con los dedos y deje el lugar lo más rápido posible. Sentí que así sería como si nada hubiera pasado.
Los carros pasaban pero yo no sabía donde sería mi próximo destino así que fui a donde no conociera nadie. Parada las dos horas de viaje sentí que todos ahí conocían y criticaban lo que había hecho. Los intentos de un hombre de divertirse conmigo y los “cumplidos” del cobrador lograron hacerme sentirme peor.
Ya me encontraba en el centro de Lima. Compré una cajetilla de cigarros, agua y galletas, que se convertirían en toda mi comida de ese día. Me senté en una escalera de los muchos edificios antiguos y me sentí un mendigo, tal vez por mi ropa también lo parecía. Encendí un cigarro que se consumió con rapidez debido a mi estado alterado. Con ayuda de la música pude alejar mis pensamientos de todo por unos minutos, recordé que había empezado Historia de Cronopios y Famas y que no podía dejar a Cortázar esperar.
Leía, fumaba y pensaba cuando sentí que alguien se acercaba. Pensé que hasta ahí llegaría mi celular, cámara y dinero, fue cuando escuche: Pequeña! Sigues tan blanca! No era con quien hubiera elegido encontrarme en ese momento pero Rivas siempre es bienvenido a entrar en mi vida cuando quiera. Él y su sonrisa, los extrañaba.
Tomando café, hablamos y hablamos, creo que le conté demás. Rivas me dio su opinión tan crítica como siempre, no me dolió yo soy igual de sincera. Me enseño sus nuevos proyectos y como el arte había conquistado, malogrado y dado sentido a su vida. Lo envidié, siempre hubo en mí un artista reprimido y poco talentoso.
Aunque su presencia animó al estado mustio en el que me encontraba igual necesitaba tiempo sola y maldecirme al menos unas horas más antes de indudablemente llegar a casa. Así que me vi obligada a despedirme y emprender mi rumbo por Quilca. Me enamoré de unos cuantos libros en el camino y algunas llamadas lograron desviarme, que cuando llegué a casa se dieron cuenta que olía a tristeza, pobreza, cigarros y un poco de alcohol.
Diana Marcelo
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