martes, 2 de octubre de 2012

Pedazo de mi vida sin control


Los rayos del sol candente, que atravesaron los ventanales, cayeron en ángulo recto a la piel blanca de su rostro dormido. El leve movimiento muscular de sus párpados comenzó la revolución del despertar. Tuvo que arquear la espalda, estirar el cuello, abrir las palmas sucias de las manos y frotar sus ojos, aún cerrados para poder ahondar su mirada, que poco a poco dejo de ser borrosa. Con la mitad del cuerpo levantado en la cama vio lo que la rodeaba. Cortados, caídos y vencidos, mechones de pelo, por todas partes, adornaban su alrededor. Levantó la cabeza mientras sus labios se iban formando para aventar un grito, solo eso, un enorme y sonoro grito. Alcanzó a tirar la sábana y saltar de la cama pero sus pies desnudos aterrizaron en una manta de cabellos que en el suelo aún dormían. Y de nuevo gritó, con tanta fuerza como una garganta infectada le pudo permitir.

Decidió liberarse de la escena de terror y salió de su habitación. De camino por el pasadizo, una hilera de cabellos la perseguía. Hasta que llegó a la sala. Se sentó en una silla de la gran mesa de comer y miró a la ventada que da a la calle. Ahí en la pared debajo del vidrio, unas tijeras recostadas esperaban, acompañado de un mechón, para ser culpadas como el arma del delito. Volteó y vio a su hermana, con el rostro asustado, un poco acongojado. Se acercó, le preguntó que había pasado. Su hermana tomo su taza de té y paso a su lado, la miró fijo, y luego alejó sus ojos marrones para dirigirse sin responder a su habitación.

Se levantó para coger las tijeras, y un leve recuerdo, casi eléctrico, le paso por la cabeza. Ella había hablado con su enamorada antes que todo esto pase, antes de dormir pelearon por teléfono pero no recordaba la discusión. Con el mechón de pelo en una mano y las tijeras en la otra, fue al cuarto donde estaba el teléfono. Al pasar frente al espejo de cuerpo entero de la estancia, notó que sus piernas, usualmente pálidas, tenían moretones entre pequeños y grandes, negruzcos y verdesinos, su polo blanco estaba cubierto de tierra, estaba llena de raspones y su cabeza un completo desastre. Alzó los brazos y sus ojos se abrieron de par en par cuando se acerco más al espejo para darse finalmente cuenta que su larga cabellera negra se había ido.

Corrió al teléfono, dejo las tijeras y el mechón a un lado, y llamó a su enamorada. Después de timbrar 3 veces, una voz áspera respondió. Le dijo que la había llamando gritando a la medianoche, pero sin decir nada lógico. Luego le había mandado un mensaje que ella se encargó de leérselo para que no hubiera duda que la razón por la que la estaba a punto de terminar era porque estaba loca.
- El mensaje dice: "Yo dentro de cuatro paredes pierdo la razón. Yo dentro de cuatro paredes no soy buena compañía. Yo dentro de cuatro paredes me pierdo en lo sofocantes pensamientos de esta mente vieja. Yo dentro de cuatro paredes me asfixio con mis propias manos. Porque quería contarte como voy desapareciendo; en un desastre de ira, resentimiento y frustración. Voy más y más, no a un sentimiento de dolor, sino lo que para mi es peor, a nada. El vacío terrible formado por el no saber en donde estás y por qué estás ahí, entonces va causando la perdida a empujones de mi deseo de respirar." Ahora adiós, no me busques.

Se quedó con el teléfono pegado a la cara, minutos después recién lo bajo y colgó. Hizo lo que todas las veces que se sentía perdida hacia, subió al cuarto piso de la casa donde le era muy fácil poder saltar al vacío si era lo que ella quería. Las escaleras para subir aún no estaban terminadas así que el cemento hosco era algo doloroso para pies descalzos. Lo que la hizo mirar para abajo y darse cuenta que había sangre por todo el recorrido hacía su lugar preferido de la casa. Más fascinada que temerosa se apresuró al último piso. Arriba, con el aire moviendo lo que quedaba de su cabello, recapitulo los sucesos. Y pensó en la única conclusión a todo era que dormida se tomó la libertad de caminar, caerse, herirse y seguir adelante, de llamar a decirle lo que se estaba guardando tanto tiempo a su enamorada y de cortarse el pelo que la traía harta, parece que de sonámbula era más valiente.

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