martes, 9 de octubre de 2012

Hugo



Toda mi vida creí que acompañaría mi nombre con un apellido, no importaba cual, necesitaba pertenecer a algo o a alguien. Sin embargo reconsidere tras varios tropiezos que el apellido es lo de menos, que mi nombre bastara para saber quien soy y a donde quiero llegar, es lo único que poseo desde siempre y deseo conservarlo, seré siempre Hugo.
Hoy como siempre es habitual en mi vida, me tome con una de tantas casualidades, con una casualidad dulce que no veía hace mas de 10 años y descubrí en sus ojos que por fin me había perdonado, ¿Qué tan difícil podría ser perdonar a un niño de 10 años?, ahora creo que es muy difícil perdonar a alguien por quien hiciste mucho y te pago con poco. Juro que no sabia lo que hacia, juro que mi corazón aun la conserva como la imagen real de una madre sin embargo no puedo regresar a ella ni a el, los señores Martínez me regalaron la ilusión de un hogar y yo les devolví a cambio una hoja de papel con un adiós de niño infeliz.
Los años en el Orfanato fueron días fríos y duros sobretodo cuando llegas con algo que jamás podrás borrar como la memoria. Recuerdo que tenia 7 años cuando pise por primera vez ese lugar, recuerdo las caras de lastima acercándose a mi ofreciéndome comida y abrigo, recuerdo el trompo y las pelotas moviéndose por todo el jardín haciendo felices a todos en aquel lugar.
Cada vez que preguntaban de donde venia, no sabia que responder o tal vez no quería responder, tal vez quise olvidar que mi madre me dejo en esa puerta grande diciendo que me amaba y volvería por mi. Yo la amaba tanto, y aun la amo aunque sus besos y sus lágrimas hayan sido pocos, la amo.
Todos preguntaban ansiosos cual era mi nombre dentro de esa inmensa casa que aprendí a ver como mi hogar, tardé semanas en responder, me llamo Hugo les dije, es lo único que mi madre pudo darme desde que llegue al mundo y me aferre a el a pesar que en mas de una ocasión intentaron cambiarlo.
Los días transcurrían en aquel cuartito de infantes y el patio trasero de la casa, en muchas ocasiones entre a la dirección de la señora Rosas a conversar con parejas que me sonreirán y cogían los cachetes, yo no entendí que pasaba hasta la llegada de la señora Martínez quien se dirigió mi con ternura y dijo que me llevaría casa, y seriamos muy felices.
No tardo en cumplir sus promesas y a la semana siguiente estaba instalándome en una casa nueva con ventanas que reflejaban un hermoso paisaje, cortinas con dibujos de autos y una cama que no tendría que compartir. Fui muy feliz con ellos, fui tan feliz que olvide por un instante a mi madre, en realidad la olvide el año completo, y tal vez ella también lo había hecho.
Cuando cumplí 9 años me sentí  el hombrecito de aquella casa, pues empecé a asumir responsabilidades, limpiar mi cuarto, comprar el pan, ordenar mi ropa limpia, tal vez a otros niños eso les haya parecido aburrido pero me sentí útil, sentí que cumplía un rol importante y lo mejor fue que comencé a salir a la calle sin tener que escapar.
Una mañana, cuando el verano parecía alejarse decidí levantarme temprano y recompensar a mi padres con desayuno especial, mis ahorros de dos semanas estaban destinados a un banquete que había planeado durante todo el sábado.
Cuando Salí del edificio escuche una voz llamarme por mi nombre y supe de inmediato que era ella, tal vez no  quise voltear por miedo pues su presencia solo causaría confusión en mi vida, tal vez en ese momento no entendí que seria así, pero hoy se que fue lo peor que pudo pasar.
Ella siguió acercándose y yo me detuve esperando que sus brazos que envolvieran y sus labios me llenaran de besos, y así fue .Al principio sentí invadido mi espacio con miles de preguntas que ahora se que no tuvo derecho a formular, respondí casi todas, al final de el cuestionario me pidió que fuera con ella que regresara que había dejado a aquel hombre mayor que nunca me quiso y podríamos hacer una vida juntos.
 Yo dude en responder y le di todo el dinero que llevaba en los bolsillos, ella lo agradeció y me pidió que nos encontráramos al siguiente domingo en el mismo lugar. Al llegara casa, mis padres aun dormían, y yo fingí hacerlo nuevamente .La semana que paso  fue muy difícil, quise contarle a la señora Martínez (había vuelto a llamarla así después de ver a mi madre) pero no lo conseguí.
El sábado por la noche había tomado ya mi decisión, guarde mi ropa de invierno en una bolsita y la lleve mí, sabia que las noches serian frías al lado de mi madre, escribí una nota y la deje sobre mi cama esperando que pudieran leerla y perdonarme. Llegue ala panadería con mis ahorros, ropa y aquel trompo viejo que me recordaba los días en el orfanato.
Caminamos muchísimo, yo moría de hambre y se que ella también, llegamos aun viejo edificio al mediodía mi madre me dijo que aquel lugar se llamaba en Breña y sonrió, luego entramos a un cuartito con una cama y dos sillas, dormimos ahí esa noche, y todas las noches de aquel año. Por lo que entendí mi madre trabajaba haciendo limpieza de una  farmacia cerca a aquel lugar, volvía por las tardes para comer juntos y luego volvía. Una noche mientras ambos dormíamos alguien toco la puerta, mi madre se asomo a preguntar quien era, no logre escuchar pero supe que era aquel hombre que la había abandonado. Yo lo odiaba, y creo que el a mi, después de la muerte de mi padre, el había ocupado su lugar y lo hizo muy mal.
Mi madre no lo dejo entrar aquella noche y las posteriores, pero su actitud era distinta, en algunas ocasiones dejo de traerme comida y en la noche volví cansada sin explicarme que pasaba. Una mañana la encontré llorando y le pregunte que había sucedido, ella sintió vergüenza pero me conto que había perdido su trabajo.
No tardamos en salir de aquel cuartito, para irnos a vivir a las calles, yo aprendí a cantar y subía de micro en micro hasta que pude juntar y comprar un bolsa de caramelos que vendí de pocos, mi madre mientras tanto parecía entusiasmada con la idea que yo trabajara y ella también lo hizo durante algunos meses. Conseguí muchos amigos en las calles unos buenos y otros no lo suficiente. Yo tenia ya 14 años y las drogas eran muy frecuentes en mi entorno pero nunca las probé, aquellos muchachos intentaron que pruebe pero me negué, dejaron de insistir, y dijeron que tal vez seria un buen vendedor, y que me presentarían a quien les daba la droga.
Así fue, me llevaron donde aquel hombre, recuerdo que vivía cerca de un rio en una covacha vieja cubierta por ropa mojada, al entrar mi sorpresa fue grande al ver a mi madre junto a  ese hombre drogándose .Salí lo más rápido que pude de ese lugar y me jure no verla ni buscarla, había dejado todo por ella y ella solo me mintió. Pensé en ir a la casa de los señores Martínez pero me sentía avergonzado, luego pensé en ir al orfanato y así lo hice, llegue y conté lo que me había ocurrido y pedí que por favor no dijeran a nada a los señores Martínez. Desde aquella vez, olvide el apellido Martínez para no avergonzar a quienes tanto me dieron.

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