martes, 6 de noviembre de 2012

Viva en muerte.


Pasé muchos años mirando las ventanas sin animarme a abrirlas, esos enormes marcos de madera, imponentes, hechos del cedro más fino traído desde los bosques del norte de África, eran como murallas, pero mi verdadero miedo era a lo que se encontraba afuera. El exterior, sí, lo conocía bastante bien, lo suficiente como para desear no volver a él nunca, no había nada allá afuera con un nivel de importancia suficiente  que me hiciera desear contemplarlo con mis ojos, ya lo había visto todo, pensaba para mis adentros.
A mis 97 años aprendí que no se vive en verdad hasta el último segundo en el que se muere, la vida es relativa, pesada y aburrida, pero es normal que una vieja como yo esté cansada de vivir.

Todos los días miraba el techo esperando que algún ser mítico me sacara de este cuerpo débil e inútil, y me llevara a donde debía estar, no me importaba, si era el paraíso o el infierno, cualquier cosa era mejor que estar aquí, pero por alguna razón no moría, tal vez no era deseada en ningún lugar, tal vez ya estaba muerta y aún no lo notaba. Fue cuando recordé la última vez que cerré los ojos, tenía 25 años, era una mujer joven, fuerte y con muchas ganas de conocerlo todo pero con un pensamiento no apto para la sociedad en la que me encontraba, el mundo parecía tan grande y tan bello, mi mente inocente y aun pura se quedaba anonadada con el espectáculo que daban los brotes de rosas, los colores intensos de las flores, el silbido de las aves, cosas que ahora aborrezco. En ese verano, cuando cumplí 25 años fui condenada a vivir en un cuarto blanco como una muerta mas de aquel centro, que solo podía comparar con el infierno mismo, los ojos desorbitados de mis compañeros efecto de la mezcla de drogas que nos obligaban a consumir, los experimentos, en algún momento todos pasamos por ellos, era la única habitación que no era blanca, nadie podía hablar sobre eso, estaba prohibido, todos sabían que ahí pasaban cosas, pero nadie se atrevía a tocar el tema, no después de lo sucedido con Sara Fernández, una mujer hermosa de ascendencia latina que fue llevada a aquel lugar por la esposa del patrón de la casa donde trabajaba como criada, al parecer su belleza motivo los celos en el hogar, la noche del jueves 7 de febrero de 1940 la curiosidad la condujo a espiar lo que sucedía en aquella habitación, no podía soportar el horror de aquello y quiso contarlo pero el miedo causó que nadie deseara escucharla, como sucedía con todos nosotros cada movimiento que Sara realizó fue vigilado y ella fue llevada a algún lugar, al día siguiente todos fuimos obligados a comer parte de su cuerpo en el almuerzo, muchos vomitaron, pero al final todos comimos y esta no fue la última vez que consumimos un humano.

Mi mundo se detuvo el jueves 7, jueves 7, jueves7, jueves 7, todos los días se volvieron jueves 7, yo lo sabía a la perfección, el tiempo no volvió a avanzar, ya no hubo noche, ya no hubo día, todos estábamos condenados a morir, pensaba, pensaba en eso todo el día, podía ser yo, podía ser Claudio, podía ser Elizabeth pero fue Jhon, el siguió, estaba segura porque nadie volvió a verlo, y ese día todos comimos de él, no fuimos obligados a comer, pero teníamos que hacerlo, porque no había nada más que ese guiso, comenzamos a desaparecer y fue ahí que todos dejamos de ser humanos, no éramos animales, solo criaturas; no quise comer más.

Mi mente dejo de volar, mis ojos de ver, mis sentidos, emociones, sueños, todo desapareció, el mundo en el que me encontraba tenía que ser falso, quería creer eso mientras me encerraba en mi, morir ya no importaba, ya no tenía miedo; mi largo y canoso cabello me hizo notar  el tiempo que había pasado, el tiempo que volvió a mi por qué decidí darle fin al jueves 7 y me di cuenta que ya no tenía 25 años, debieron pasar unos diez años deduje, había sobrevivido ese tiempo porque pasaba desapercibida, nadie me veía, no llamaba la atención de nadie, - ¡Claudio! ¿Dónde está Claudio? - No podía encontrarlo, era el único que recordaba y entonces comencé a sentir que entraba en un ataque de pánico pero sabía que si me notaban podría morir, cobré la cordura, la poca que me quedaba, salí hacia el comedor buscado con los ojos entre los rostros taciturnos que me rodeaban, sin reconocer a alguno entonces pensé que quizás había pasado mucho más que diez años, entré a una habitación y lo encontré, el alivio que sentí me hizo recobrar las ganas de vivir nuevamente – Debo salir de aquí – pensaba, esa noche, en mi desesperación, no entré a mi cuarto, me quedé escondida en el almacén de la cocina, esperé que todos durmieran y salí, recorrí los pasillos teniendo cuidado de no hacer ruido, de no ser vista, todo parecía muy fácil pero de pronto estaba frente a ese cuarto, ese maldito lugar, y como si se tratara de una fuerza gravitacional fui atraída, cuando estuve cerca lo suficiente escuché unos gritos, y alguien debió a ver sentido mi presencia, eso creí, porque comenzaron a acercarse a la puerta con pasos toscos, eran unos cuatro, retrocedí pero habían cuatro más detrás de mí, entonces comprendí que en realidad me esperaron todo el tiempo, me atrajeron como si hubiesen usado un simple anzuelo, me empujaron dentro, estaba aterrada pues no dejaba de imaginar toda clase de torturas, cuando estuve dentro vi estantes llenos de frascos, cada uno con un órgano distinto y un nombre, el nombre de la persona de donde había sido extraído, lenguas, ojos, corazones y otros que a simple vista no reconocí, en medio había una mesa de metal, a lado herramientas quirúrgicas; fui empujada hasta el borde de la mesa donde había una persona echada cubierta por una tela blanca, los extraños lo destaparon, era Claudio sujetado de muñecas y talones con la ayuda de unas especies de pulseras de metal, en la boca también traía un pedazo de metal que parecía estar adherido a su piel, a través de sus ojos podía ver el terror que sentía, el que yo sentía, quise zafarme de mis opresores sin éxito, quería liberarlo pero todos mis esfuerzos fueron en vano; uno de ellos cogió un bisturí y lo acercó lentamente a su abdomen, comenzó a cortar y entonces comprendí que presenciaba la autopsia de una persona que aun estaba viva.

Vi el desmembramiento de su cuerpo, mis lágrimas cayeron, estaba segura de ser la siguiente pero como podéis ver, no lo fui, tampoco logré escapar esa noche y no te miento cuando te digo que conozco al mundo a la perfección, pues no viví todo el tiempo en dicho lugar, pero esto es solo el inició y el como llegué a donde ahora me encuentro es una historia demasiado larga para contártela esta noche.       

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