jueves, 22 de noviembre de 2012

Ana


No podía pararme, había caído al piso y  lo único que logré fue arrastrarme a la pared de esa casona del centro que siempre miraba de lejos y en la que ahora me perdía en el polvo de su piso. Allí espere por ella, sin nada mas que el puro placer de ser aun algo para su vista. Cuando me vio, o cuando yo la ví, salía de uno de los cuartos del pasillo. Caminaba hacia mí viéndome como a un desecho de quien uno empieza a tener una lastima casi obligatoria. Respire hondo, y ahora estaba tan cerca mío que solo veía sus piernas, las piernas de Ana.

Ayer sentada en la esquina de nuestro cuarto la vi desnuda una última vez. No pensé que aquel vestido ceñido, que le ayudé a cerrar, ocultaría para mí por siempre su cuerpo. Me detuve a verla por unos minutos cuando se acerco al espejo. Aún recuerdo cada movimiento, abrió grandes sus ojos caramelos para delinearlos de negro y mordió sus labios rosados que terminaron rojos. Yo solo reía mientras ella se quejaba de lo mal que le parecía todo, del sin sabor de tenerme a mi a su lado. Hasta que algo, la hizo cambiar de idea. Ya no era una pelea, era ella dejándome. Era ella diciéndome que terminaba todo, que el "nosotros" se iba al carajo. Que hay demasiado amor en otros mundos, universos y mares para estar aquí. Así que ese aquí se volvió un allá. Ana se fue. Ella se fue no solo de nuestro cuarto sino de mí.

Recibí una llamada cuando yo aun contemplaba el techo esperando si ella aparecía, llamaba o tendría que salir a buscarla entre los bares donde nos solíamos encontrar. Me dijeron que la habían visto, que algo en Ana parecía mas libre. Recordé haberle prometido mantener la siempre sin leyes sin reglas, en la libertad que ella quería. Era como una burla lo que yo había hecho, era todo lo opuesto de lo que prometí. "Mantenerla libre" y "verla volar", no pude con todo lo que significaban esas palabras. Eran mas grandes que yo. Eran palabras mas grandes de lo que yo podía entender.

Hoy ignoré su maquillaje, tenía que hacerlo sino el labial rojo me mostraba los besos que alguien extraño le había dado. Y yo no podría, jamás podría, haberla perdido tan rápido. Ana se agachó e intentó quitarme la cámara que tenía en las manos pero optó por robar el cigarro de mi boca. Aunque ella sabía que yo no resistiría el mínimo rose de su mano en mi rostro, igual me tentó. Aspiró la nicotina y no dudo en lanzarla a mi rostro. Sentí su desprecio, sus ojos me acusaban y castigaban. Había algo en su mirada que me declaraba culpable. Yo ahí casi inerte, abandonado, extenuado, fallé. No conseguí ni una palabra de Ana. Estaba aún delante mío, de cuclillas, esperando que me defendiera o que la acusara o que huyera o que llorará. Pero caído y desolado era un ser vegetal. Delante de ella, yo había perdido.

En el suelo apoyando la cabeza en la pared y sujetando, casi por romper, la cámara en mis manos, la entendí. También advertí por qué aún ninguna de los dos había hablado. No hay más que decir. Se acercó poco a poco, me dio un beso. No fue un beso de despedida sino de amor. Ana no me dejó de amar pero si dejó su libertad estancada en mí. Ahora se va con ella, la recuperó con ese beso. Y estoy feliz, todavía adolorida en el suelo, al verla irse con su libertad mas decidida y mas fuerte, después que una idiota como yo sin pensarlo decidí quitársela.

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